lunes, 31 de diciembre de 2012

Últimas lecturas del 2012 (II)

En tan solo una hora el año se acaba y, entre el ajetreo por las celebraciones por la bienvenida al 2013, me hago de una fracción de tiempo para colocar las últimas lecturas de diciembre. Ha sido un año irregular, no tan bueno como el anterior, pero tampoco puedo quejarme. Quizá se ha parecido más a ese tipo de novelas que empiezan muy bien (aún recuerdo ese hermoso febrero), que se caen hacia la mitad y que apenas se recuperan cerca al final.


Gramática de la fantasía. Gianni Rodari es toda una eminencia en lo que a literatura infantil se refiere. Su visión de la pedagogía es clara y deslumbrante. Lo más importante es que este libro me ayudó mucho a tener los fundamentos teóricos al momento de enfrentar mi actual empleo.

Libro de oro. Así se tituló a la antología que recoge a los ganadores del Premio Copé de Oro en las bienales de cuento. Es un libro que me sorprendió por la gran cantidad de cuentos malísimos (realmente impublicables) que se alzaron con el primer premio. Estos son los misterios de la literatura. Solo los relatos de Gregorio Martínez y Fernando Iwasaki rescatan del fuego a esta compilación.


Discurso del oso. Este texto, escrito principalmente para el público infantil en 1952, es una historia que hemos leído todos dentro de Historias de cronopios y de famas, un libro considerado para un público más «adulto». Qué difíciles son estas etiquetas cuando se quiere clasificar a la literatura por edades, ¿no?

La pieza oscura. Inevitablemente llegué a Enrique Lihn, el gran poeta chileno, después de leer a Bolaño.


Bonsáis. Marcelo Báez Meza, el ecuatoriano ganador del premio de cuento corto de la editorial Pilpinta (allá por el 2010), nos entrega diez pequeñas historias relacionadas, la mayoría de ellas, al cine. Entretiene pero no lo recomendaría.

Maestra vida. Libro ganador del Primer Premio Internacional de Novela Corta Mario Vargas Llosa (vaya pomposo título). El autor es el peruano Pedro Novoa. Una novela muy misógina y, siendo lo más neutral posible, decepcionante por el ostentoso premio alcanzado que no justifica. Como dijo un amigo, MVLL ni ha tocado esta novela.

martes, 25 de diciembre de 2012

Últimas lecturas del 2012 (I)

Este año leí poquísimo a comparación del anterior. Hasta vergüenza me da hacer uno de estos clásicos recuentos anuales. Solo en diciembre pude liberarme de los muchos deberes con los que cargo para leer con cierta comodidad de tiempo; es ahora que me pondré a repasar lo leído este mes.


Señora de rojo sobre fondo gris. Me gusta Delibes, pero la verdad no pude conectarme para nada con este libro. La primera frase es genial y promete muchas cosas; sin embargo, tanto la historia como el lenguaje no pudieron atraerme hasta el fanatismo, como sí a muchos lectores de esta novela corta.

Una casa para siempre. Después de leerla me dije «Paremos la mano con Vila-Matas». Llega un momento en que has leído cierta cantidad de libros de un autor para saber si te gusta o no, si las maravillas que se hablan de él son ciertas o no. Puedo decir que es un autor sobrevalorado, entre otras cosas, pero solo atinaré a afirmar que su literatura no me transmite nada. (Únicamente espero toparme con «El viaje vertical».)



Indignación. Este libro significó la reconciliación con Philip Roth. Después de «La mancha humana» (que me pareció una novela a la que le sobraban las páginas), llega a mí esta hermosa historia tan simple y tan breve, pero a la vez tan genial y contundente.

Amberes. Si Bolaño al inicio dice que este libro lo escribió para sí mismo, es imposible objetarle algo, pese a que la prosa poética o poesía en prosa no nos despierte nada en este híbrido literario.

martes, 4 de diciembre de 2012

Los peces no cierran los ojos


Apenas lo vi en librerías, es decir, hace muchos meses atrás, ya el título había despertado en mí una gran curiosidad. En sus pocas páginas adivinaba una gran historia, un fino estilo; en pocas palabras, todo lo que me habían dicho de Erri De Luca.

Como hasta ese momento no me había topado con ningún libro suyo, padecí la clásica ansiedad del lector que cree que perderá ese texto de vista y para siempre (lo que no pocas veces me ha sucedido). 

Y simplemente no podía hacerme del libro. Ya sea porque compraba otros o porque no lo encontraba a un precio decente, la realidad de su posesión se hacía cada vez más difusa. Todo hasta que se apareció P.

En realidad, el que aparecí fui yo en su trabajo —un lugar, por demás, envidiable— y le imploré que me lo prestara, con la santa condición de regresarlo en un plazo no mayor a siete días y tenerlo muy cuidado. Casi las mismas condiciones que me piden quienes prestan libros.

La verdad fue que esta novela la leí de un tirón. Comencé a la medianoche y la terminé casi a las 5 de la mañana, hipnotizado como nunca lo había estado en mucho tiempo. Volvía de esta forma a tener esa sensación de placer que abre cada poro de la piel y que solo puede provenir de la lectura de algo tan genial (o lo que algunos llaman tan fríamente «goce estético»). Incluso en tu mente (donde perduran incluso párrafos enteros del texto leído) aparece una voz que dice: «Vaya».

En la novela corta, el narrador en primera persona evoca un verano en particular. Regresa a una edad en la que los cambios internos comienzan a gestarse y la niñez tambalea.

Diez años era una meta solemne, por primera vez se escribía la edad con doble cifra. La infancia acaba oficialmente cuando se añade el primer cero a los años.

Se construye así —y eso es lo que me encanta del libro— una novela de la memoria, en la que un niño comparte su soledad con el mar, su madre y los libros. Estos últimos son los que lo conectan con el conocimiento de un mundo más amplio, un mundo que empieza a pertenecerle a través del lenguaje.

A través de los libros de mi padre aprendía a conocer a los adultos por dentro. No eran los gigantes que pretendían creerse. Eran niños deformados por un cuerpo voluminoso. Eran vulnerables, criminales, patéticos y previsibles.

La palabra «amor» se le presenta en los libros como algo carente de significado. En la realidad cotidiana, este significado aparece ante sus ojos como una deformación: él y su hermana son la conjugación del verbo, pero también es el origen de las guerras.

La ternura (elemento presente siempre en la novela) es lo que más cautiva de ella. Es una ternura de alguien que lo ve todo por primera vez, característica usual de las bildungsroman. Pero es también una ternura que no desborda, que hechiza por su poder de sugerencia.

Los recuerdos del narrador, puestos en los sentidos de un niño de diez años, llaman la atención por su gran capacidad para capturar el instante. Ese «saber observar» (determinados gestos, sonidos, texturas, incluso el viento) es algo que hace trascender a la novela. El lector no puede hacer otra cosa que maravillarse.

Me detuve a mirarla. El vestido blanco, una pequeña margarita en la oreja, un olor distinto al aceite de almendras; la miraba, con la mirada atascada en ella. Fue la primera noción cierta de la belleza femenina. Que no está en las portadas de las revistas, en las pasarelas, en las pantallas, que en cambio está de repente a tu lado. Que te sobresalta y te vacía.

No sería tan magistral si el narrador —después de conjugar estos y muchos otros elementos— llegando al final asumiera una postura como la asume: la del narrador inteligente, la del creador de metáforas que perduran.

La primera pareja humana, creada en un jardín el sexto día, tuvo por encima de ella la primera noche inconmensurable. Sin saberlo ellos, despuntó en sus cuerpos el apetito, la sed, el entusiasmo y el sueño. La primera noche, desconocida, les pareció a ellos el resto del día primero, desmigajado en puntitos de luz. No sabían si regresaría el sol, de modo que se abrazaron. Las bocas se vieron juntas e inventaron el beso, el primer fruto del conocimiento.

Pensé que este 2012 me iba a quedar sin leer el que considero ahora el mejor libro del año.

DE LUCA, Erri. Los peces no cierran los ojos. Barcelona: Seix Barral, 2012.

martes, 13 de noviembre de 2012

Llamadas telefónicas


Esa noche hicimos el amor por primera vez después de tanto tiempo. Costó mucho poner a Jack en marcha, su cuerpo ya no funcionaba, sólo funcionaba su voluntad, y pese a todo él insistió en ponerse un condón, un condón para la verga de Jack, como si un condón pudiera contenerla, pero al menos eso sirvió para que nos riéramos un rato, al final, ambos de lado, metió su larga y gruesa verga fláccida entre mis piernas, me abrazó dulcemente y se quedó dormido, yo aún tardé mucho rato en dormirme y por la cabeza me pasaron ideas de lo más raras, por momentos me sentía triste y lloraba sin hacer ruido, para no despertarlo, para no romper nuestro abrazo, por momentos me sentía feliz y también lloraba, hipando, sin la más mínima discreción, apretando entre mis muslos la polla de Jack y escuchando su respiración, diciéndole: Jack, sé que te estás haciendo el dormido, Jack, abre los ojos y bésame, pero Jack seguía durmiendo o fingiendo que dormía y yo seguía contemplando como en el cine las ideas que me pasaban por la cabeza, como un arado, como un tractor rojo a cien kilómetros por hora, muy rápidas, casi sin tiempo para reflexionar, si es que entonces hubiera deseado reflexionar, cosa que obviamente no entraba en mis planes, y por momentos ni lloraba ni me sentía triste o feliz, sólo me sentía viva y lo sentía vivo a él y aunque todo tenía un fondo como de teatro, como de farsa amable, inocente, incluso conveniente, yo sabía que aquello era verdadero, que valía la pena, y luego metí mi cabeza debajo de su cuello y me dormí.

BOLAÑO, Roberto. Llamadas telefónicas. Barcelona: Anagrama, 2007.

martes, 30 de octubre de 2012

El último disidente

Foto: Alberto Nicho.

Gabriel Ruiz Ortega (Lima, 1977) es autor de la novela La Cacería, además de reconocido antologador y blogger. En esta oportunidad nos brinda una entrevista en la que habla acerca de Disidentes 2: Los nuevos narradores peruanos, su nueva selección de escritores.

Desde la primera antología que preparaste han pasado cinco años. Sobre este corto periodo, ¿qué puedes decir en cuanto a la irrupción en el Perú de nuevos escritores y su producción narrativa?
—La antología de 2007, Disidentes, vino a ser una especie de momento Kodak, es decir, el instante feliz de lo que en ese entonces era la nueva narrativa peruana. Aún recuerdo el entusiasmo que despertaron los escritores que aparecieron del 2000 al 2007, que no fue producto de un Big Bang, sino gracias, principalmente, a las nuevas editoriales, que cumplieron un papel fundamental. Quise hacer un muestreo, patentizar mi competencia de lector. Jamás quise que Disidentes fuera una antología más. Detrás de ella hubo un largo proceso de canibalización, de confrontación de poéticas y un bombardeo de mi ego; debía, pues, ser lo menos subjetivo posible. Como bien sabes, la antología generó muchísima polémica, me saqué la mierda con medio mundo y tuvo innumerables reseñas. Fue una de las publicaciones más comentadas de ese año, si no me equivoco.

El año pasado presentaste Disidentes 1, trabajo en el que reuniste a las mejores narradoras peruanas de la actualidad. Con Disidentes 2 nos entregas una antología solamente de narradores. ¿Esta separación de género te ha permitido advertir nuevas características a tomar en cuenta? Ya antes mencionabas que nuestras narradoras sí saben contar una historia.
—La historia fue así. No tuve pensado hacer Disidentes 1, sino una gran antología que rehuyera del espíritu de muestreo de la anterior. Pero mientras la confeccionaba me di cuenta de que los documentos antológicos sobre nuevas narradoras peruanas eran escasos; además, me resistía a creer que Matadoras, de Estruendomudo, fuera la más representativa. Se la vendió así cuando la realidad demostraba que detrás de ella hubo un flojo trabajo de búsqueda. Ojo, esto lo digo en buena onda, pero no quiero caer en hipocresías y forzadas diplomacias. Entonces me concentré en las narradoras, en pos de un trabajo de escogencia que nos permitiera saber lo que se había publicado del 2000 al 2010. Si pudiera definir esta experiencia, diría que fue un exhaustivo trabajo de arqueología. Recordaba y buscaba, y mi sorpresa resultó mayúscula al constatar que había más de ochenta libros publicados por mujeres. En Disidentes 1 puedes ver narradoras que publicaron en el 2000, 2001, 2004, en fin. Y a medida que iba confeccionando la lista, como que era invadido por un soterrado ánimo belicoso. Obviamente, entre mi universo de narradoras había de todo: excelentes, buenas, regulares, malas y mediocres. Ahora, tampoco fue mi idea reivindicarlas. No creo en eso. Para mí no existe diferencia entre lo que escriben hombres y mujeres, salvo la calidad y fuerza literarias. No podía hacerme el loco con esta eclosión de narradoras, se necesitaba, pues, de un documento que nos sirviera de guía. Ha quedado demostrado que a las mujeres, a diferencia de los hombres, les cuesta más que las tomen en cuenta. No sé a qué se debe esa mezquindad, que aún existe. Narradoras como Karina Pacheco, Julie de Trazegnies, Julia Wong, Nataly Villena, Yeniva Fernández y Patricia Miró Quesada, por citar algunas, merecen más atención, y no por ser soberanamente simpáticas, sino porque sus libros encierran una propuesta interesante, mucho más que la idioteces que nos ofrecen los medios. Pues bien, la característica que noté, la que llamó más mi atención, fue que ellas sí sabían cómo hilvanar una historia, dotándola, en especial, con un nervio narrativo que he visto en poquísimos narradores, si es que empezamos a comparar. Imagino que en este aspecto juega mucho la experiencia de vida. Pienso, por ejemplo, y siendo lo más impresionista posible, en el amor y el sexo. El amor y el sexo en las narradoras es mucho más elevado, verosímil y logrado que en sus pares masculinos.

Coméntanos cómo surge la presente antología. Sobre todo, ¿bajo qué parámetros elaboraste la selección?
Foto: Alberto Nicho.
—Mucha gente piensa que soy crítico literario de oficio. A lo mejor por La fortaleza de la soledad, en donde subo mis reseñas, entrevistas y artículos; además, presento libros de escritores «jóvenes» y consagrados, no solo de Perú, y brindo charlas y conferencias. Pues no, no soy crítico literario. Lo que más he hecho en toda mi vida ha sido leer de manera voraz y desordenada. Por ello, no he tenido parámetro alguno para ninguna versión de Disidentes, salvo, eso sí, mi gusto objetivo. Cuando te hablo de gusto objetivo me refiero a un estado emocional y mental de desahuevamiento, en donde comparo y me dejó llevar por el valor del texto como tal, sin importarme si este se ajusta o no a lo que busco como lector. Para elaborar Disidentes 2 partí de lo básico: releí toda la antología del 2007, más los respectivos libros de los autores, incluyendo los que algunos publicaron después. Tenía que hacerlo porque desde el principio supe que iba a realizar una criba, ya que debía incluir nuevos narradores, además, lo que menos quería era que Disidentes 2 me salga parecido a un ladrillo de 500 páginas. Por otra parte, no quería volver a cometer los mismos errores. Yo quiero mucho a la primera versión de la antología, por todo, pero en estos años siento que he madurado, ya no veo la literatura como en aquel lejano 2007. Me interesa quedar bien con la literatura, con lo que he leído y ser consecuente en mi forma de asumirla. No me interesó consignar autores por sus premios, su influencia académica, su pegada en prensa, por la editorial en que publican. Es decir, quise reflejar una postura frontal con La otra literatura, que detesto como no tienes idea. Y no te niego, la criba me fue muy difícil, entre los autores que retiré, algunos son muy apreciados por mí como personas. Pero Disidentes 2 es una antología, no un tono. Y, efectivamente, sé que pude ser injusto, pero si no arriesgas, no puedes pretender hacer algo relativamente perdurable.

Como bien mencionas en el prólogo, no existe la antología perfecta. Sin embargo, siento que esa afirmación ayuda a quitarte mucha responsabilidad como antologador. ¿Qué opinas tú? ¿No debe acaso existir un acercamiento a la perfección?
—Cuando se dice que no hay una antología perfecta, depende mucho de quién lo diga. Esa frase se ha usado para justificar florilegios rubricados por los sentimientos menores y el oportunismo. Pero si sientes que uso esa frase para eximirme de responsabilidad, puta, creo que la cagué, porque debí explicarme mejor. Estoy satisfecho con la selección de Disidentes 2, pero lo estaría más si hubiese contado con Carlos Gallardo y Roberto Zeballos. La lista de los que entraron hubiera quedado redonda con ellos. Con Gallardo me invade una desazón, porque fui un huevón al no contar con él para la primera versión de la antología. Y ahora que hablo de él, hace un tiempo publicó una novela, Espuma, que está bastante bien, pero que por esas extrañas lógicas tan caras en nuestro ambiente literario, no tuvo la repercusión que merecía y en ello jugó La otra literatura, que desdeña autores valiosos bajo criterios que no son literarios. Hice lo que pude para ponerme en contacto con él. Con Zeballos tuve una experiencia aleccionadora. Como sabes, él es autor de Tigre Hircana, ganadora del BCR de Novela 2007. Llevé a cabo una labor detectivesca para contactarlo. Tuvimos un fructífero intercambio emiliar y entendí sus razones, más vitales que literarias, de no estar.

Si uno de los objetivos de esta antología era mostrar a los «nuevos talentos», ¿por qué volver a recoger a quienes ya aparecieron en Disidentes: Muestra de la nueva narrativa peruana (Revuelta editores, 2007)? Algunos de ellos (Alexis Iparraguirre, Carlos Yushimito, Daniel Alarcón y Luis Hernán Castañeda) incluso reaparecen con el mismo cuento. ¿No era esta una oportunidad para mostrar a otros nuevos narradores?
         —En Disidentes 2 hay veintiún autores. Ninguno sobra. Hace un rato te hablé de mi criterio subjetivo, pero este no me libró del sendero que debí usar, y ese sendero por el que se forjó la hechura de Disidentes 2 estuvo conformado por Yushimito, Castañeda e Iparraguirre, que a mi juicio son los más representativos de la década pasada. Tenía que ir a lo seguro con ellos, había que cimentar bien la base, por eso les pedí «Seltz», «Poeta Cedrus» y «El inventario de las naves». Y en el caso de Alarcón, lo ideal hubiera sido contar con «Ciudad de payasos», pero también sabía de lo complicado que es el proceso de permiso que hay que gestionar. Alarcón es un narrador de verdad, y eso es lo que me importa más allá de su fama y prestigio. Ahora, es importante dar a conocer a los nuevos narradores, pero me interesa ante todo la calidad, no quiero caer en el doble discurso. Entre 2004 y 2007 vivimos una etapa importante, aparecían muchos escritores con buenos libros, luego el asunto fue cayendo, había cantidad pero los textos no estaban a la altura de lo que se esperaba. No fue una década sostenida, tuvo sus bajones. En esta antología entraron once narradores más, y si me hablas de nuevos, aún no muy ubicados, podría citarte a Carlos Saldívar y Orlando Mazeyra. No sé si podría hacer lo mismo con Jeremías Gamboa, Carlos Torres Rotondo, Francisco Ángeles, Sandro Bossio, Martín Roldán Ruiz, Juan Carlos Bondy,  que son nuevos, sí, pero ya ubicados y reconocidos. 

      Una de las críticas más puntuales que se hicieron a tu antología publicada en el 2007 fue respecto a la recopilación exclusiva de escritores nacidos en Lima o que publican aquí. En Disidentes 2 volvemos a encontrar casi lo mismo. ¿Existe alguna razón que fundamente este centralismo? ¿Por qué los limeños siguen representando a la narrativa peruana en tus antologías?
—Mira, es cierto que se formuló esa crítica puntual. Me parece totalmente válida, pero esta vino condimentada con una hipocresía que hay que enfrentar. A la fecha se ha publicado más de una antología de narrativa peruana y solo a Disidentes se le achacó ese reparo. Definitivamente hay narradoras y narradores jóvenes en provincias, pero muy pocos, contados, con libro publicado. Y otro de mis criterios para escoger es que el autor debe tener al menos un libro en su haber. Al menos el libro publicado te da la garantía, en teoría, de que esa voz está en camino de armar un proyecto narrativo. En este sentido, recuerdo que en el 2006 le conté a Guillermo Niño de Guzmán de la antología que venía armando y él me dio un consejo: que solo incluya a narradores con libro, que no me pase lo que a él con En el camino, su legendaria antología de narrativa peruana de los ochenta, en la que incluyó narradores sin libro y que sin más desaparecieron. Obviamente, hablamos de otra época, muy jodida para la empresa editorial. Pero ya no estamos en los ochenta, ahora, mal que bien, hay editoriales que permiten la publicación de nuevos autores y en base a esta realidad hay que trabajar, apoyar la difusión de las publicaciones de editoriales como Cascahuesos, de Arequipa, y Bisagra, de Huancayo, y estar atentos a la aparición de otras editoriales serias de provincias. ¿Cómo propiciarlas?, me pregunto. Pues valorando lo bueno, atento, digo lo bueno, que editan y no saludándolas como si fueran elementos exóticos. Se trata de un punto sensible en el que vale ser preciso. Se ha hablado mucho del centralismo, de la exclusión. Más de uno se ha llenado la boca hablando de la apertura que debemos tener hacia lo que se escribe en provincias, pero en la práctica no se ha hecho ni mierda. En Disidentes 2 hay narradores que han escrito su obra desde provincias, Mazeyra, de Arequipa, y Bossio, de Huancayo. Y los convoqué por la calidad de su obra, no porque sean de provincia.

Con esta antología le has tomado el pulso a la narrativa peruana contemporánea. ¿Cuál es entonces tu diagnóstico? ¿Se goza de buena salud?
—Luego del 2007 no nos recuperamos del bajón. Esto no quiere decir que después no hayamos tenido novelas y cuentarios de interés. Claro que sí: Contemplación del abismo, de Richard Parra; Sonata para Kamikazes, de Giancarlo Poma Linares; The Cure en Huancayo y Ojos de pez abisal, de Ulises Gutiérrez; El descubrimiento del ruido, de Martín López de Romaña; La casa del sol naciente, de Evelyn García; Cortometraje, de Yuri Vásquez; y La ciudad más triste, de Jerónimo Pimentel. Digamos que aún queda el fuego, pero este corre el riesgo de desaparecer, lo que nos está faltando es ejercer una mirada más atenta, dejarnos de idioteces y empezar a leer libros y no al amigo, al contactado... Hay que luchar contra eso, en Perú no es suficiente publicar un buen libro, no basta con que el autor deje su libro en la redacción de un diario, sino que este se ve obligado a ser protagonista, ser parte del sarao y prestarse al juego de la castración crítica y el lustrabotismo simultáneo. Sino fíjate en Facebook, allí todos son los sucesores de Philip Roth, Alice Munro, Nicanor Parra. Y nadie dice ni mierda. No hay conflicto, parece que el conflicto de un narrador y poeta de hoy fuera no aparecer reseñado en los espacios de nada de Somos, que Pedro Escribano no te entreviste, que José Carlos Yrigoyen no acepte tu solicitud de amistad en Facebook. Ahora todos han leído a Mo Yan. No hay discrepancia, hay un aberrante temor a quedar mal. En el periodo 2004–2007, había entusiasmo, pero también opiniones divergentes, existía pues la voz contraria, que se veía en los blogs, principalmente.

Para concluir, cuéntanos qué nuevos proyectos vienes preparando.
Foto: Alberto Nicho.
       —Ahora ando de librero en Selecta Librería y, contra lo que pensaba en un principio, leo y escribo mucho más que antes. Es curioso, mi mente necesitaba despejarse para repotenciarse. Tengo dos novelas escritas, que seguramente demoraré en publicar porque me quedé sin editor, y un par de proyectos más que empecé pero que no sé si los terminaré. Uno de ellos es, o quizá era, un libro de mis entrevistas literarias. Me lo pidió Edwin Chávez, editor de LaMula, que pensaba editarlo en formato de libro electrónico. La propuesta me pareció ideal en principio, pero son más de ochenta entrevistas, cerca de 150 mil palabras, y muchas de ellas debían ser revisadas, actualizadas, o sea, ello me llevaría a ponerme en contacto con los autores y lidiar con egos desmesurados y es lo que menos deseo en estos momentos. No solo es copiar y pegar. A lo mejor termine haciendo una selección de las entrevistas y no sé si Chávez me la acepte. Creo que es un proyecto abortado. Y el otro, Disidentes 3. Poetas peruanos 1990–2010. La verdad que tenía mucha ilusión. La lista inicial me quedó de la putamadre. Soy un rendido lector y consumidor compulsivo de poesía peruana. Cada vez que leo antologías peruanas contemporáneas de poesía se refuerzan mis ganas de hacer una que no caiga en yerros gratuitos. Creo que una selección, seria y sin sentimientos menores, de veinte poetas podría indicarnos que no estamos tan mal como pensamos. Mi deseo era poner punto final al proyecto Disidentes con una antología a la poesía peruana contemporánea. Pero la realidad es aplastante, «la poesía no vende», me dijeron en Altazor, y si te lo dice la editorial más solvente, qué puedo hacer. Con Disidentes 2 se cierra el círculo, mi etapa de antologador.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El país de las últimas cosas


Novela un tanto floja de Paul Auster. Nada más al principio, en los incisos, notamos la aparición de un segundo innecesario narrador que nos brinda detalles que luego Anna Blume, la narradora protagonista, dejará en evidencia: que se trata de una carta y que quien la relata es una mujer.

Mientras cavilaba en si debía considerar eso como un «error técnico», lo que luego me condujo a iniciar una reflexión sobre qué es la famosa «técnica», el editor principal se levantó enérgicamente y me recriminó por estar leyendo en horario de trabajo. Creo que hasta le saltaron pequeñas gotas de saliva que se fueron a estrellar en su chompa.

En realidad eran las ocho y cinco de la mañana y, gracias a mi buena costumbre de ir demasiado temprano a todo, había aprovechado en leer hasta que todos llegaran y encendieran sus máquinas. Pero el quisquilloso del editor estaba muy ansioso aquel día. Entonces se regresó a su silla (los inmensos labios de camello aún permanecían húmedos) no sin antes señalarme una pila de libros que tenía que corregir. 

Guardé la novela y pensé qué extraño es que en una editorial (¡en una editorial!) vean tan mal a una persona que lee mientras los demás abren el Facebook. Por supuesto, esperé al sábado para cobrar mi sueldo y me largué.

AUSTER, Paul. El país de las últimas cosas. Barcelona: Anagrama, 2000.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Trenes rigurosamente vigilados

En febrero de 1997, Bohumil Hrabal, ya recluido en el hospital donde pasaría sus últimos días, se cae del décimo piso mientras intenta dar de comer a las palomas. Para ese entonces había dejado escrita una extensa obra, entre la que destacaba notoriamente la novela corta Trenes rigurosamente vigilados.

La trama se ambienta en la Segunda Guerra Mundial durante la ocupación alemana en Checoslovaquia. Milos Hrma es un jovenzuelo que labora en una estación de trenes junto a personajes tan disparatados como Hubička, el Don Juan del lugar, y un jefe de estación obsesionado con las palomas.

No sé qué pasó con este libro. No me gustó tanto como pensé. Venía con muy buenas recomendaciones y críticas. Incluso su adaptación cinematrográfica recibió un premio Óscar allá por 1967. Tal vez elevar la valla es un error común antes de iniciar ciertas lecturas que llegan con un acantilado de buenos comentarios detrás.

La novela de principio a fin es hilarante, aunque llena de altibajos. Tal vez los puntos más flacos fueron el mundo ferroviario con el que uno no termina por engancharse, la sensación de que la novela podía explotarse aún más pero que cae en una mesura inexplicable y, sobre todo, la rapidez con que Hrabal quiere llegar al final y lo apura.  

HABRAL, Bohumil. Trenes rigurosamente vigilados. Barcelona: El Aleph, 2005.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Sexualidad de la Pantera Rosa

Ya hace mucho que comenzó (y, felizmente, terminó) la Feria Internacional del Libro de Lima. Como era de esperarse, el visitante común y silvestre encontraría lo mismo de siempre: pocos autores extranjeros, libros igual de caros y baños terriblemente sucios. Y no estamos sumando a esto el pago de los tres denarios obligatorios para tan poco espectáculo.

Sin embargo, tenía planeado pasar un buen momento: llevar a los hijos a dar un buen paseo, gastarme un sueldo entero de mi empleo burocrático y contar esas experiencias en un post brillante sobre la feria. Pero (siempre la bendita conjunción adversativa) como no tengo ni hijos y tampoco vivo de la burocracia, el post brillante se diluyó.

Observé, no obstante, que en el programa que mal-redacta la Cámara Peruana del Libro (CPL), aparecía el nombre de un colombiano de quien había leído un libro, Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, el cual me había parecido genial el tiempo en que me embelesó. De eso hace muchos años. 

Entonces, haciendo uso de los músculos de la memoria, recordé que tenía una novela más del autor. Nos estamos refiriendo a Efraim Medina Reyes y su Sexualidad de la Pantera Rosa. Una vez leída la novela, esperé el día de la presentación de su nuevo libro, tal como lo anunciaba la CPL en su programa, y, llegada la fecha, fui con la intención más groupie del mundo. Es decir, lo del autógrafo y eso.

Hice mi aparición por la feria y, como siempre he pensado que es injusto que se cobre entrada (por miles de razones: una de ellas es que ya se lucra con el alquiler de los stands y la venta de comida chatarra dentro del recinto), utilicé una de las tantas maneras de entrar sin pagar.

Di un largo paseo hasta que sea cumpliera la hora estipulada y vi lo mismo de siempre y que no merece mayor detalle. El tiempo pasó rápido mientras conversaba con algunos conocidos que fui encontrando al paso. Entonces acudí al auditorio donde iba a ser la presentación de Lo que todavía no sabes del pez hielo, la nueva novela de Medina, y estaba despoblado. Buen augurio, pensé. Luego, una señorita se me acercó y me brindó las explicaciones del caso. Que Efraim no había pisado suelo patrio y que quien hablaría en su representación tampoco había llegado y lo más seguro es que ni venga. Y si quiere usted adquirir el libro, tampoco podrá pues este aún no ha llegado a los anaqueles de Planeta, quienes están encargados del evento.

Al final, ni quería.

MEDINA REYES, Efraim. Sexualidad de la Pantera Rosa. Bogotá: Planeta, 2004.