domingo, 21 de septiembre de 2014

Gabriela Wiener sobre el lobby literario

Imagen tomada de aquí.

Queda bien en la biografía de cualquier escritor encontrar que realizó algún trabajo alimenticio. Y si fue un trabajo duro, mucho mejor aún. No sé, algo así como: «y, además de recolector de esperma, fue cajero en McDonald's». Queda bien porque le da cierta aura al escritor, lo convierte en un mártir. Y eso de parecer mártir ayuda a que los libros se vendan.

Un artículo publicado aquí nos habla de la sacrificada vida de seis escritores latinoamericanos (dos colombianos y cuatro peruanos) y de su titánico esfuerzo por establecerse en España.

Uno termina de leer el mencionado artículo y piensa: «por Dios, cuánto sufrieron esos chicos». Pero conviene mirar el asunto con otros ojos.

Me ceñiré a los peruanos.

Empieza con Roncalloro y se cuenta lo que todos ya sabemos: que «repartió volantes para clubes nocturnos, trabajó de empleado doméstico y posó para publicidad de locutorios». Pero... hey, Ronca, le falta más mugre a esto, digo yo. Un empleo de analizador de excrementos. Vamos, hombre, algo que conmueva realmente al lector.

También aparece otro caserito de los empleos alimenticios duros: Sergio Galarza. Ajá. Paseó perros. Posiblemente hasta recogió la mierda de los canes y la echó en el tacho, imagino; no sé las condiciones de este trabajo, me perdonarán. ¿Y qué más hizo? Bueno, parece que lo único que hizo fue pasear perros (de seguro tiene un doctorado en eso de tanto que lo menciona).   

Lo interesante es lo que dice Gabriela Wiener (note usted, despistado lector, que la Wiener se refiere a su esposo, Jaime Rodríguez): «Él tenía el trabajo pesado, el de servir paellas en las playas, y yo trabajaba en una pequeña editorial. Él ganaba el dinero y yo hacía los contactos».

¿Leyeron bien? Lo pondré en párrafo aparte.

Él ganaba el dinero y yo hacía los contactos.

¿Alguien dijo «lobby»?

Creo que la Wiener lo dijo sin querer. Se le escapó o tal vez es mi culpa por ser un lector suspicaz. Soy muy mal pensado. Demasiado.

Suelto un dato: Jaime Rodríguez Z. —la zeta la agregó después para darle más estilo a un nombre tan común, estoy suponiendo— luego fue director de la Revista Quimera.

¿Lobby?

Los peruanos coinciden en un punto: se fueron de aquí porque no hay una industria editorial («hay» en verbo presente porque sigue sin haber, pues). Ojo, no todos se fueron aprovechando alguna beca de estudios. Tal vez vieron una pequeña oportunidad para colarse al primer avión, agarraron sus cuatro cosas (y, entre ellas, el manuscrito que les daría la ansiada fama) y se largaron a buscarse la vida en España. Total, ninguno de los cuatro tenía problemas con el idioma. Joder.

Así pues, la duda que me genera esto reza así: ¿era/es necesario irse a otro país para hacerse escritor?

Nunca entenderé eso. Es decir. ¿El avión aterriza y, ¡santo cielo!, ya eres todo un escritor apenas acabas de pisar la madre patria que no te parió?

Cuando escucho a alguien decir eso me dan arcadas. Y si leo los testimonios de estos peruanos entonces empiezo a vomitar conejitos. Repito: queda bien poner en la biografía de tu solapa que barriste las calles de Barcelona, pero no te jactes de ello. Ni quieras agarrar de cojudos a los lectores.

Me explico. No te vas a España o Francia para buscar la soledad que te permita desarrollar un gran proyecto literario. No me jodas. Te vas al viejo continente para hacer lobby.

Es decir, lameculismo en la primerísima división. Lameculismo de alto nivel. Lameculismo en La Liga, señores.

(Recuerde usted, amable y olvidadizo lector, que los escritores más lameculistas se encuentran en las filas de la diplomacia. O sea, los embajadores que destinan su tiempo libre para escribir: nunca al revés, atención; son escritores de fines de semana o de salas de espera en los aeropuertos. Ejemplo notable de esto es, qué duda cabe, Jorge Edwards, que así, de culo en culo, se consiguió el Cervantes.)

Si el centralismo limeño es nauseabundo, eso de querer besarle la mano a la monarquía española es el colmo de lo repugnante. Si eres un escritor provinciano entonces te vas a Lima para hacerte visible, pero no es suficiente. Nada es suficiente en tu sed de triunfos. Tienes que ir a España, al origen de todo.

En la afirmación de que nuestra incipiente industria editorial no es ni siquiera industria ni incipiente se esconde un subtexto. Yo, que me jacto de desentrañar las cosas, podría interpretarlo así: «nos fuimos a España porque en el Perú el lameculismo, además de no darte para vivir, ni si siquiera nos hubiera permitido publicar en las editoriales más importantes. En pocas palabras: no habríamos alcanzado la fama».

6 comentarios:

  1. Muy buen artículo. Muchas verdades. Lo triste es que esto lo piensa una gran cantidad de autores. Creo que voy a linkearlo en tuiter con @copia a los mencionados (deberías hacerlo también, aunque cause "perder contactos", jajaa)

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    1. Gracias, Pollo (a los años). No pude compartirlo en Twitter porque el mes en que lo escribí estaba prohibido de usar redes sociales. Lo hago ahora.

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    1. Gracias. Aunque todavía queda mucho por decir.

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  3. Buenísimo, divertido, y muy realista. Pero, bromas aparte, cuando uno plantea la alternativa del libro electrónico para descentralizar la literatura, ¿que dice la gente? "Nooo, nada reemplaza al papel (snif snif), así que me voy a Lima (o a España) a ver si me publican pues". A ningún escritor o editor le preguntan, en las entrevistas, qué opinan de publicar en un país que practicamente carece de librerías.

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    1. Valga la recurrente imagen, el panorama es desolador (igual que en nuestro fútbol peruano). E incluso habiendo pocas librerías, este panorama se vuelve penoso si tomamos en cuenta que a esas librerías solo llegan unas cuantas editoriales, un puñado, siempre las mismas.

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